Hay obras que no se tallan: se despiertan.
Esta pieza nació así, como nacen las cosas que tienen alma. La concebí para el protagonista de La Lucha, nuestro paisano Tomasín Padrón, que en la pantalla no interpreta un papel, sino que se interpreta a sí mismo: hombre, luchador, herreño.
La he unido a mi colección Reciclando Emociones y la he llamado también La Lucha, porque no podía llamarse de otra manera. Está realizada con cuatro maderas distintas, todas recicladas en El Hierro, como si la propia isla hubiera querido ofrecer sus fragmentos para contar esta historia.
La base es de sabina. Firme, resistente, moldeada por el viento y el tiempo. Simboliza el terrero, ese círculo sagrado donde dos cuerpos se miden pero, en realidad, se respetan. La sabina no solo sostiene la pieza: sostiene la memoria.
El soporte es de cedro, atravesado y cosido con hilo de cuero. Esa costura visible no pretende ocultarse; al contrario, habla de heridas que no se esconden, de esfuerzos que dejan marca. Porque la lucha, la del terrero y la de la vida, siempre implica romperse un poco y volver a unirse con más fuerza.
En uno de sus laterales superiores descansa una bobina de celuloide tallada con madera de uno de los cayucos que llegó al Puerto de La Restinga. Esa madera cruzó el mar cargada de historias, de miedo y de esperanza. Convertida ahora en carrete de 16 mm, simboliza la película, el viaje de las imágenes, pero también el viaje humano. La lucha no entiende de fronteras; el cine tampoco. Ambos son puentes.
Y en el centro, los dos bregadores. Uno tallado en moral, el otro en cedro. Se entrelazan en plena brega, tensión contenida, equilibrio exacto. Pero si se observa desde dentro, en el vacío que forman sus cuerpos unidos, late un corazón. No es un adorno. Es la verdad, sin corazón no hay lucha, no hay cine, no hay identidad.
El día 22 de febrero del presente año y durante la presentación en la Sala de Congresos y Auditorio de La Peña, en El Hierro, comprendí que la pieza ya no me pertenecía. Porque lo que allí se vivió fue más que una proyección de La Lucha, dirigida por José Alayón. Fue emoción compartida, orgullo colectivo, identidad pronunciada en voz alta.
Por eso esta obra está hecha de madera reciclada. Porque nuestra cultura también es reciclaje: de memoria en presente, de sacrificio en ejemplo, de tradición en futuro.
Porque nuestra lucha canaria no es solo deporte.
Es memoria.
Es cultura.
Es herencia.
Es El Hierro.






















