domingo, 13 de septiembre de 2026

RECICLANDO EMOCIONES CANARIAS HOY

 José Sacramento, el artesano de Canarias que encontró en la madera de los cayucos una forma de contar las historias de El Hierro.


   José Sacramento rescata madera de cayucos llegados a La Restinga y la transforma en piezas que hablan de memoria, migración y segundas oportunidades

   A José Sacramento le gusta decir que él no es carpintero. Lo repite varias veces durante nuestra conversación —también lo hizo cuando lo conocimos en la Feria de Pinolere, su primera feria como artesano—. Es casi como una advertencia para que nadie se lleve una idea equivocada de quién tiene delante. Y es que José ha sido muchas cosas a lo largo de sus 71 años: soldado, diseñador, artesano, viajero. Su último oficio, el de hacer arte son la madera, no lo aprendió en un taller y tampoco llegó a El Hierro pensando que sus días de jubilado los pasaría escogiendo maderas, dibujando formas y convirtiendo restos de cayucos en corazones, árboles o siluetas. De hecho, su plan era bastante sencillo —en el que todos pensamos cuando hablamos de nuestra jubilación—: pasar los días en una isla remota y bucear. 

   Pero existe algo romántico en la idea de creer en el destino o en las casualidades porque, lo que pasó después, solo puede describirse como casi místico. 

   Destino y casualidades
   La primera —llamémosla casualidad— tuvo lugar bajo el agua. José, tinerfeño de nacimiento, había viajado a La Restinga en el 2019 para hacer unas inmersiones y quedó fascinado por los fondos del Mar de las Calmas. Regresó una y otra vez como quien se siente unido a un hogar y, a la tercera visita, ya estaba buscando dónde vivir. Acababa de jubilarse, divorciarse y sus hijos y nietos tenían sus vidas encauzadas. Llegó la hora de empezar una nueva etapa. "Fue amor a primera vista", cuenta sobre aquella primera inmersión. No podía imaginar hasta qué punto la vida de La Restinga iba a terminar entrando también en la suya. 

   Desde hace años, este pequeño núcleo pesquero del sur de El Hierro es mucho más que una de las principales zonas de buceo de Canarias. La vida que crece en sus fondos marinos se mezcla con la crueldad de la Ruta Canaria, una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo y que conecta la costa occidental africana con el archipiélago. Un lugar testigo de la belleza, pero también de la dureza y crueldad que a veces tiene la vida. 

   El peso de las historias puede medirse también en cifras porque, solo hasta finales de mayo de 2025, El Hierro había recibido unas 6.200 personas migrantes, más de la mitad de las que habían alcanzado Canarias por esta vía en ese momento del año, según datos difundidos por el Gobierno autonómico. Pero no todas se pueden contar porque detrás de esas cifras siempre hay historias que nunca llegan a su destino. En diciembre de 2024, por ejemplo, un cayuco alcanzó La Restinga con 224 personas a bordo después de una travesía desde Senegal en la que murieron ocho ocupantes, entre ellos un bebé de 14 meses. Es dentro de ese contexto donde hay que entender la madera con la que trabaja José. No como un material exótico ni como una curiosidad artesanal, sino como el resto físico de embarcaciones que han formado parte de viajes marcados por la migración, el riesgo y, en demasiadas ocasiones, la muerte. Durante la pandemia, José comenzó a escuchar algunas de aquellas historias. Las contaban los propios migrantes, pero también los que estaban al otro lado del destino, las personas de La Restinga que convivían con la esperanza y, en muchas ocasiones, también con la desesperación.


    Dibujar historias.
   José había trabajado como diseñador gráfico y había tenido un taller de serigrafía, así que hizo lo que cualquier artista puede hacer: dibujar. "No escribía lo que me contaban, lo dibujaba", explica. "Tampoco intentaba reproducirlas de manera literal, quería representar aquello que yo había entendido y sentido al escucharles hablar". Durante meses fueron solo eso, dibujos, hasta que ocurrió la segunda de las casualidades. 

   Fue durante un paseo con su perra Laia —"mi amor", suspira a través del teléfono—. En aquella época, relata, los cayucos se desmontaban en una explanada próxima al puerto de La Restinga. Laia comenzó a olfatear y a rascar insistentemente en un punto concreto del terreno y José se acercó pensando que habría encontrado algún insecto. Pero lo que había allí era un pequeño trozo de madera, de unos 40 o 50 centímetros, que había formado parte de uno de aquellos cayucos. 


   Se lo llevó a casa. 
   El gesto no tenía todavía ninguna intención artística. Por entonces también había conseguido algunos restos de cedro procedentes de la fabricación de cartelería para los senderos de la isla. Eran recortes que ya no servían para aquel trabajo y que, de otro modo, terminarían desechados. Tenía una caladora, un taladro y una lijadora que había comprado para hacer alguna pequeña tarea doméstica y poco más.
Hasta que volvió a mirar uno de sus dibujos.
Un corazón entre Senegal y La Restinga
Era la historia de un joven senegalés y una chica de La Restinga. José la había representado mediante un corazón dividido en dos colores y, al observar las tonalidades diferentes de las maderas que tenía en casa, pensó que quizá podía trasladar aquel dibujo al volumen. "Total, voy a probar", recuerda que se dijo a sí mismo. 

   La prueba terminó llevándole tres o cuatro días. Cortó las piezas sin saber demasiado bien cómo debía hacerlo, las unió, utilizó cuero y terminó incorporando una llave antigua que guardaba en casa. Cuando acabó, la sensación fue casi de incredulidad. No porque hubiese creado una obra técnicamente perfecta, sino porque había conseguido sacar de un dibujo aquello que llevaba meses imaginando. Aquel corazón fue la primera pieza. Después vendrían muchas más.


   Uno de los primeros en animarle a continuar fue el artista herreño Alexis W. —así es como se conoce a este fotógrafo herreño—. Una amiga de José había visto el corazón en su casa, le había mostrado una fotografía y poco después Alexis quiso conocer el resto de diseños que guardaba. Su consejo fue sencillo y es que debía convertir aquellos dibujos en madera.

   José empezó despacio. Cinco piezas, seis; hasta que se atrevió a solicitar una exposición en el Cabildo de El Hierro. Para aquella primera muestra consiguió reunir 28 obras. Las vendió todas.

   
A medida que el proyecto crecía, también aumentó la cantidad de madera que necesitaba. Los pequeños restos que inicialmente podía conseguir cuando se desmontaban las embarcaciones dejaron de ser suficientes. José cuenta que acabó solicitando autorización para recoger parte de ese material en el punto limpio. Según relata, una vez desmontados los cayucos, sus restos son depositados en contenedores y posteriormente destruidos. La propia gestión de estas embarcaciones se ha convertido en los últimos años en una cuestión logística para una isla tan pequeña. En abril de 2025, Gobierno de Canarias y representantes de la Administración estatal abordaron precisamente la posibilidad de trasladar a otro espacio autorizado el despiece de los cayucos que se realizaba en el puerto de La Restinga.

   Es ahí, en el momento en que la embarcación deja de tener utilidad y se convierte administrativamente en un residuo, donde José encuentra su materia prima. Él identifica la madera rojiza con la que trabaja como caoba africana. Habla de ella con entusiasmo. Destaca su dureza, sus tonalidades y las marcas que deja el paso del tiempo. Según explica, muchos de los cayucos que llegan a Canarias son embarcaciones antiguas, sometidas durante años al agua salada y al sol antes de emprender esta última travesía. "Saben que no van a volver", comenta.

   No toda su obra, sin embargo, procede de cayucos. En Reciclando Emociones mezcla hasta una docena de maderas recicladas y buena parte de ellas tienen también origen herreño como cedro, sabina, moral, brezo, higuera, aguacatero o tea. Lo singular aparece en la combinación. Cada tono ocupa un lugar distinto y muchas veces es precisamente el color natural de la madera el que permite construir el significado de la pieza.

   
   José no conoce la historia exacta de cada tabla ni puede saber quién navegó apoyado sobre ella. Tampoco pretende apropiarse de esas vidas. Lo que sí conoce es el contexto del que procede el material y las historias que ha escuchado durante estos años en La Restinga. Por eso su trabajo se mueve en un terreno delicado, en el de dar una segunda vida a la madera sin convertir el sufrimiento que acompaña a muchas de aquellas travesías en un simple elemento decorativo. En cierto modo, el nombre que eligió para el proyecto resume mejor esa intención que cualquier explicación: Reciclando Emociones 
   José asegura haber elaborado ya más de 300 piezas. Algunas surgen de historias que le cuentan; otras, de personas concretas; otras son encargos que requieren conocer primero a quien va a recibirlas. El resultado hace que sea difícil separar completamente al artesano del narrador.


   Esa forma de trabajar ha hecho también que las piezas empiecen a salir de su taller para convertirse en regalos institucionales. El Cabildo de El Hierro le ha encargado diferentes obras para reconocimientos y encuentros con representantes de otros lugares. José cuenta que suele personalizarlas según la persona o el motivo del acto y que la intención es ofrecer algo vinculado a la isla en lugar de recurrir al habitual trofeo fabricado en serie.

   Él, sin embargo, continúa resistiéndose a convertir aquello en un trabajo. “No vivo de esto”, insiste. Lo llama hobbie y bromea con que las exposiciones le sirven para “crecer diez centímetros y alimentar un poco el ego". Pero después habla de cada pieza, de las personas que hay detrás y de las horas que pasa imaginando cómo contar determinadas historias, y resulta difícil pensar que todo aquello sea simplemente una manera de ocupar la jubilación.

   Historias que terminan en libro.
   Ahora algunas de esas piezas han dado un paso más. José ha reunido 22 obras y las historias que las inspiraron en un libro que lleva el mismo nombre del proyecto, Reciclando Emociones, cuya presentación está prevista para el 16 de octubre en el Casino de Valverde. Son 22 historias de las muchas que se han ido acumulando desde aquel primer corazón. Y ya tiene material para continuar.


   Quizá lo más llamativo es que nada de esto formaba parte del proyecto vital que José imaginó cuando decidió jubilarse. Él mismo reconoce que estuvo valorando otros destinos e incluso pensó en marcharse a Menorca. Si hubiese elegido aquella isla, dice, Reciclando Emociones probablemente no habría existido. “Esto fue una casualidad”, resume. Y seguramente ahí esté la mejor manera de entender su historia. José Sacramento llegó a El Hierro buscando otra vida y terminó encontrándola en un lugar que no esperaba; entre los dibujos que hacía de las historias que escuchaba, los restos de madera que otros ya no necesitaban y un pequeño trozo de cayuco.

   Desde entonces, algunas de esas maderas tienen un recorrido distinto al previsto. No puede cambiar la historia que las trajo hasta El Hierro, ni sería justo embellecerla. Tampoco puede saber todo lo que ocurrió encima de cada tabla antes de llegar al puerto. Lo único que hace es impedir que algunas desaparezcan sin más y utilizarlas para contar otras historias.

   Muchas gracias a la periodista Irene Cartaya por éste magnífico artículo publicado en Canarias Hoy.

martes, 10 de marzo de 2026

CARTA DE AGRADECIMIENTO

   Hoy escribo estas líneas con el corazón lleno de gratitud.

  Nuestro blog Guachinches Parranderos ha superado ya el millón ciento treinta mil visitas. Un número que, más allá de las cifras, representa algo mucho más grande: personas. Personas que leen, que sienten, que recuerdan, que comparten el amor por nuestra tierra, por sus sabores, sus historias y su forma de vivir.
 
 A todos ustedes, gracias.

  Gracias por acompañarme en este camino, por entrar en este pequeño rincón digital donde la gastronomía, la tradición y la vida cotidiana de nuestras islas se encuentran. Cada visita, cada lectura, cada momento dedicado a estas páginas ha sido parte de este viaje.
   Hoy también quiero compartir con ustedes una nueva ilusión que nace dentro del blog.
   Muy pronto estrenaremos una nueva sección titulada “Reciclando Emociones”.
   Será un espacio diferente, profundamente humano, donde el arte y la memoria caminarán de la mano.    Un lugar donde las historias de nuestra gente encontrarán voz a través de la madera reciclada y de mi trabajo como artesano en la isla de El Hierro, un lugar que tiene imán, que engancha y que ha despertado en mi algo desconocido, la creatividad y la artesanía.


  Las emociones siempre han estado presentes en toda representación artística. Los artesanos no solo crean objetos: crean sentimientos, recuerdos y mensajes que viajan desde sus manos hasta el alma de quienes contemplan sus obras.
  En la isla de El Hierro, he dado forma a un proyecto muy especial: Reciclaje de Emociones. En él siento la necesidad de compartir no solo mis propias vivencias, sino también las historias, recuerdos y experiencias de muchas personas de la isla.

  
   Para la creación de mis piezas utilizo hasta doce tipos diferentes de madera reciclada. Once proceden de la propia isla: pino, cedro, brezo, acacia, sabina, higuera, aguacatero, haya, naranjo, moral y madera de tea de pino.
  La duodécima llega desde África: la conocida madera roja del Congo, recuperada de los barcos que alcanzan el puerto de La Restinga.

   
   Cada tipo de madera aporta un color, una textura y una historia distinta. La unión de todas ellas da volumen, carácter y personalidad a las obras, que finalmente se protegen con aceite de linaza de acabado rústico, realzando las vetas naturales que el tiempo dejó escritas en cada trozo de madera.

  
   Pero lo más importante no es la madera.
   Lo que verdaderamente importa son las emociones que guarda.
  Cada pieza es un fragmento de vida reciclado. Un recuerdo transformado en arte. Una historia que vuelve a respirar.

  
  Con esta nueva sección quiero invitarles a detenerse un momento, a mirar despacio, a escuchar las historias que nacen en esta pequeña isla del Atlántico donde el mar, el viento y la memoria siguen dando forma a la vida.

  Gracias, de corazón, por caminar conmigo hasta aquí.
  Y ojalá sigamos compartiendo muchas más historias, muchas más emociones y muchos más momentos que merezcan ser recordados.

                                                   GRACIAS, GRACIAS Y GRACIAS

lunes, 23 de febrero de 2026

PELICULA "LA LUCHA"

    Hay obras que no se tallan: se despiertan.

  Esta pieza nació así, como nacen las cosas que tienen alma. La concebí para el protagonista de La Lucha, nuestro paisano Tomasín Padrón, que en la pantalla no interpreta un papel, sino que se interpreta a sí mismo: hombre, luchador, herreño.
   La he unido a mi colección Reciclando Emociones y la he llamado también La Lucha, porque no podía llamarse de otra manera. Está realizada con cuatro maderas distintas, todas recicladas en El Hierro, como si la propia isla hubiera querido ofrecer sus fragmentos para contar esta historia.


   La base es de sabina. Firme, resistente, moldeada por el viento y el tiempo. Simboliza el terrero, ese círculo sagrado donde dos cuerpos se miden pero, en realidad, se respetan. La sabina no solo sostiene la pieza: sostiene la memoria.
   El soporte es de cedro, atravesado y cosido con hilo de cuero. Esa costura visible no pretende ocultarse; al contrario, habla de heridas que no se esconden, de esfuerzos que dejan marca. Porque la lucha, la del terrero y la de la vida, siempre implica romperse un poco y volver a unirse con más fuerza.
En uno de sus laterales superiores descansa una bobina de celuloide tallada con madera de uno de los cayucos que llegó al Puerto de La Restinga. Esa madera cruzó el mar cargada de historias, de miedo y de esperanza. Convertida ahora en carrete de 16 mm, simboliza la película, el viaje de las imágenes, pero también el viaje humano. La lucha no entiende de fronteras; el cine tampoco. Ambos son puentes.
Y en el centro, los dos bregadores. Uno tallado en moral, el otro en cedro. Se entrelazan en plena brega, tensión contenida, equilibrio exacto. Pero si se observa desde dentro, en el vacío que forman sus cuerpos unidos, late un corazón. No es un adorno. Es la verdad, sin corazón no hay lucha, no hay cine, no hay identidad.


   El día 22 de febrero del presente año y durante la presentación en la Sala de Congresos y Auditorio de La Peña, en El Hierro, comprendí que la pieza ya no me pertenecía. Porque lo que allí se vivió fue más que una proyección de La Lucha, dirigida por José Alayón. Fue emoción compartida, orgullo colectivo, identidad pronunciada en voz alta.



   Por vez primera en la historia de la isla, se proyectaba en casa una película que está en los cines. Pero no estábamos viendo solo una historia en pantalla. Estábamos viendo la vida de un herreño que, aunque continúa su trayectoria en Fuerteventura, lleva El Hierro tatuado en la manera de caminar, de caer y de levantarse y físicamente en su muslo izquierdo.


   Como artesano, fue un honor reconocer la labor de Tomasín en este film. Como casi herreño, fue un privilegio sentir que nuestra cultura respiraba en cada plano.


   La película, emocionando ya en festivales internacionales de Europa y América, suma además la fuerza ancestral del “Baile del Vivo” de Valentina la de Sabinosa, una voz que es raíz y viento al mismo tiempo. Que esa pieza haya sido reconocida en los Premios César no es solo un logro artístico: es la confirmación de que lo auténtico no necesita disfraz para cruzar fronteras.
   Por eso esta obra está hecha de madera reciclada. Porque nuestra cultura también es reciclaje: de memoria en presente, de sacrificio en ejemplo, de tradición en futuro.


Seguiré apostando por mostrar al mundo lo que somos.
Porque nuestra lucha canaria no es solo deporte.
Es memoria.
Es cultura.
Es herencia.
Es El Hierro.